Música de Cámara (Fito Conesa-Miguel Leiria)
Mi insólito paseo matutino de esta mañana (normalmente a esas horas estoy secuestrado en la oficina) me llevó a toparme con la feria del libro antiguo y moderno en el paseo de Gràcia, lo mejor para mi de las fiestas de la barcelonesa Mercè. En uno de los puestos, casi imperceptible, descubrí que se escondía uno de esos libros que marcaron mi relación con la poesía hispánica, el estudio que el crítico Luis Felipe Vivanco dedicó a algunos libros y autores contemporáneos españoles. Cogí los dos volúmenes y los compré casi furtivamente por el miedo a que el asequible precio escrito a lápiz en la prima de las páginas fuese un error. De camino a casa, ahora que el centralisimo Eixample ya no me alberga y el recorrido se hace más largo, tuve tiempo de ojear la introducción que el crítico escribió con motivo de la segunda edición de su propuesta de lectura. El texto, brevísimo, es un compendio de cómo ser claro y conciso, marcando el punto neurálgico de la elección crítica, es decir, la lectura atenta y rigurosa de los textos. Algo obvio a primera vista, tratándose de una exegesis literaria, auque mi experiencia como lector contradiga a menudo ese regla elemental: la peor crítica literaria es aquella que ni siquiera se molesta en leer con atención el objeto del propio estudio. Así, pues, contento por la adquisición, bajo el agradable sol de un otoño que empieza a dar sus frutos, me encaminé hacia mi nueva casa, mucho más poética que la anterior, y una vez aquí dispuse los libros de Vivanco en la parte de mi estantería destinada a la poesía. Por primera vez en Barcelona tengo casi todos mis libros reunidos bajo un mismo techo, al alcance de mi curiosidad, de la relectura o el préstamo. La sensación me conforta más de lo que podría llegar a imaginar. Pertenezco a una generación que se ha visto obligada a vivir errante, de habitación en habitación, de guardilla en guardilla, incluso avanzando por los treinta, dispersando aquí y allá las propias cosas por falta de espacio o imposibilidad de un traslado real. No disponer de un espacio propio en el que cultivar la necesaria soledad y el uso y disfrute de todo lo propio (en mi caso, básicamente libros) sitúa a mucha gente en una órbita de precariedad desestabilizadora que demasiadas veces, en Barcelona al menos, solo encuentra solución eligiendo vivir fuera de la ciudad. Conozco a muchos expulsados por la desaforada y ególatra urbe que los políticos pretenden deformar (si no lo han conseguido ya en muchos ámbitos) a imagen y semejanza de sus propias miserias. Gentes que por las circunstancias o la propia elección viven solas y no pueden ni de lejos afrontar el despropósito y la sinrazón de alquilar (no digo ya comprar) ni un maldito cuchitril en la condal y pronto desarbolada Barcelona. De nada de esto esto habla Vivanco en su texto, pero su redescubrimiento me ha transportado al momento en que supe de él por vez primera, esa adolescencia en la que imaginaba mi propio futuro con una casa en la que reunir el propio mundo: vivo ahora en el lugar más parecido a esa imagen que hasta ahora haya conocido…
Veo que se hace ya tarde y me doy cuenta, mientras escribo, que empieza a ser necesario encender una luz que ilumine la estancia, a estas horas de crepúsculo apagado por las amenazantes nubes que desde hace días nos honran con su presencia. El otoño se presenta de nuevo en nuestras vidas aunque aún podamos tener las ventanas abiertas y escuchar de fondo el murmullo infantil de la escuela de enfrente, las voces eufóricas de los niños que vuelven a sus casas, apesadumbrados por enormes mochilas en las que guardan su, a menudo, misterioso universo.



